Esta
es una pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez frente a un yogur, una
lata o unos huevos que se pasan un par de
días de la fecha de caducidad. Una fecha que en tiempos de crisis miramos más
que nunca porque no están las cosas como para ir tirando comida a la ligera.
Hay quien es súper rígido con las fechas de caducidad y a quién le parece que no pasa nada por pasarse unos días si no
se trata de un alimento perecedero.
Los productores alimentarios siempre tienden a curarse en salud
con las fechas, lo que al final supone que en el
'primer mundo' se tiren
toneladas de alimentos en perfectas condiciones.
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Comer
alimentos pasados de fecha es un riesgo, pero
uno son más
peligrosos que otros y algunos bastante inocuos,
todo depende del tipo de producto, del estómago y estado de salud de cada
persona. Según la
asociación de consumidores Facua en España se tiran 7,7 millones de toneladas de alimentos perfectamente comestibles,
163 kilos por
persona y 178 por cada ciudadano europeo. Este hecho tiene mucho
que ver con la falta de planificación a la hora de comprar y cocinar, pero
también con la confusión que muchas veces suscita la duración de los alimentos.
Esta
confusión viene, sobre todo, por la diferencia entre la fecha de caducidad y la de consumo preferente.
Ambos tienen que ver con la vida útil del producto pero no son equivalentes. La
fecha de caducidad indica hasta cuándo el alimento es seguro para el consumo,
un plazo que afecta a la comida perecedera -pescado, carne, lácteos, pastelería-,
y suele durar entre 2 y 30 días según el tipo. Una vez superada esta fecha no
se puede garantizar el estado del alimento.
Pero hay alimentos que en teoría no caducan, como los quesos,
encurtidos, helados, legumbres, café, jamón ibérico o
congelados. que pueden durar hasta cuatro años y lo que llevan es una fecha de
consumo preferente. Lo que ésta indica es la fecha a partir de la cual el
alimento va perdiendo propiedades (aroma, sabor, textura) pero no que
necesariamente esté en mal estado. Sin embargo, mucha gente opta por tirarlos sin ni tan siquiera probarlos. Yo
siempre les doy una oportunidad: la mayoría de las veces están perfectamente y
otras, como mucho, rancios, pero al menos se habrá intentado…
Hay
otros alimentos, como los cereales de desayuno o las conservas que, si no se abren,
nunca caducarían, a los que sí merece la pena darles una
oportunidad aunque la fecha de consumo preferente haya cumplido. Con otro tipo
de alimentos, como la carne cruda, el pescado o los huevos es mejor no
jugársela. Con estos últimos, lo que yo hago es meterlos en una vaso con agua: si flotan, es que están malos.
También se pueden abrir en un plato y, si se desparraman demasiado la yema y la
clara, es que también están pasados.
La fecha útil de producto la decide el propio fabricante, normalmente siguiendo
las pautas de las autoridades sanitarias, que suelen fijar límites bastante
escasos por prevención. El problema es
que las empresas productoras de alimentos prefieren curarse en salud y evitar litigios y posibles demandas
por intoxicaciones alimentarias. Sus fechas se basan en el
tiempo previsible durante el cual, en condiciones normales de mantenimiento, el
alimento no sufrirá una modificación por actividad microbiológica que suponga
un riesgo para la salud. Hay que tener en cuenta la cadena de frío, la calidad de la materia prima, las condiciones de
procesado... Pero esta decisión tiene también graves
consecuencias sociales y medioambientales por la inmensa cantidad de residuos
que se generan.
Para
asegurarse de que las fechas de caducidad sean seguras, los fabricantes guardan muestras de alimentos en su envase
definitivo en
condiciones similares a las que va sufrir
en el mercado.
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